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domingo, 14 de octubre de 2012

Hace unos meses comencé a transitar por caminos desconocidos. De repente, mi vida cambió, sin dejarme opciones, se me presentó un nuevo camino que comenzar a andar. sin instrucciones. Hay que seguir adelante, con cantimplora, si la tienes. Suerte, que siempre llevo avituallamiento, por si acaso. Esa es la primera vez que lo uso, está bien, siempre tiene que haber una primera vez para todo.

He decidido emprender un gran viaje, de esos que siempre estás aplazando, por falta de tiempo o de dinero, o de ambos. O también por cobardía. Pero esta vez como el leon cobarde de Alicia en el pais de las maravillas, que descubrió que la valentía estaba en su interior, y que no hacía falta buscarla, porque cuando hace falta, al fin (menos mal) aparece.

Este gran viaje, se ha iniciado en Qatar. No quería parar en este país, por musulman, por cerrado, por cerrazón mía que no me gusta ver lo que rechazo, o rechazo lo que no me gusta. No sé cual es el orden, pero así es.

No obstante, como parte de este viaje, me he propuesto encontrar el amor en todas las partes a las que vaya, es un sentimiento universal, que creo que está en todas partes. partiendo de esta base, lo encontraré seguro. En Qatar ya lo he encontrado.

No siempre el amor está donde uno espera, a veces se aparece inesperadamente a la vuelta de la esquina.
Si estás en medio del desierto, en una ciudad sin nombre, profundamente religiosa, con inquisidores por doquier, que analizan, juzgan y sentencian, todo en un instante, el tiempo se detiene. No. El tiempo retrocede y te sientes ante el más grande inquisidor. Despojado de todos tus enseres, de todo lo que te hace ser quien eres, y solo te sientes pequeño. Si además hace un calor asfixiante, el único amor que se te ocurre es el de la cigarra, que canta al sol, que la solivianta.
Pero puede que te equivoques, y quizá sobre la tierra yerma donde nada crece, donde nada prospera, solo arena y viento, donde las piedras ruedan hasta deshacerse en polvo, puede que hasta ahí, donde no hay nada, aún haya amor.
Si a pesar del miedo, sigues saliendo a la calle cada día a enfrentarte con el desengaño, quizá un día lo encuentres delante, cuando ya todo lo has dado por perdido.
Así me pasó, andando por la calle, con sed y sin agua, de pronto un destello y ahí estaba. Amor, simple y puro.
Tras tanto pañuelo y tanto refajo negro, todo negro. Y sus ojos, también negros. Sus manos dentro de un guante, que las hacía invisibles. Negro sobre negro, donde todo se disuelve y desaparece, ahí estaba.
El de blanco, inmaculado, impoluto. Como un guerrero de Dios con su armadura. Ella de negro, silente. No le podía ver nada, de nada, su cuerpo entero languidecía dentro de su mortaja. Por si aún fuera poco, y pudiera haber, siquiera un poco de provocación. El velo. Un velo negro que cubría totalmente su rostro, que tamizaba su visión.
Y andando simplemente por la calle. A la par, pero cada uno solo. Como dos islas gemelas, sin puente que las una. Y, de pronto, un destello. Se produce un eclipse y fundido en negro sobre blanco.
Un roce leve, un solo dedo de su mano, se atreve. Un valiente, entre nueve cobardes. Un solo dedo que se desliza en la mano cubierta por el guante y atrapa a su gemelo, cubierto, pero latiendo de vida. Se anudan.
El amor irrumpe, entonces, delante de mi vista que capta ese único segundo en el que los amantes se atrapan. Se produce un aleteo y se desliza levemente el velo, sin llegar a caer. Se deshace el nudo para atrapar el velo, que anuncia un rostro anhelante, que no llego a ver, la mano rauda anuda de nuevo y coloca en su sitio el velo, tal como debe ser. Sin embargo, lo vi.

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